Reproducimos a continuación el texto leído por Andrea Jeftanovic en la presentación de Anotaciones al margen. Convivir, dominar, envejecer, de Eugenio Tironi, un libro hecho de lecturas y experiencias, de observaciones y titubeos, de sombra y vibración. “Es un libro que comienza en Eugenio, pero que termina en cada lector”, precisó la escritora durante su lectura. “Nos recuerda que leer y escribir no son actividades solitarias: son actos de compañía profunda”.
Por Andrea Jeftanovic
Quisiera invitarlos a entrar conmigo en un libro que no solo se lee: se respira, se escucha, se acompaña. Un libro que, como su título anuncia, nace en los márgenes, en ese territorio íntimo donde la lectura se vuelve escritura y donde cada subrayado es una forma de conversación.
Eugenio Tironi, sociólogo, asesor, autor, ensayista, experto en comunicaciones y un lector dedicado, nos entrega aquí una obra hondamente personal. Anotaciones al margen es, en apariencia, un cuaderno de lecturas; pero en realidad es algo mucho más sutil y complejo: es el registro de cómo una frase, una página, una voz ajena puede atravesarnos y despertar en nosotros otra voz, un eco que se transforma en pensamiento propio. ¿No es acaso la literatura esa conversación susurrada que nos mantiene al interior de una comunidad imaginaria?
Eugenio escribe desde ese lugar sutil donde leer y escribir son el mismo gesto. Es más, no me imagino la escritura sin lectura. Lo que empieza en un autor se continúa en otro; lo que nace en un margen termina alojándose en nuestra mente —hoja en blanco abierta a nuevas inscripciones.
Hay un pasaje que funge en tanto imagen matriz: “Con cada hora que estés solo, con cada frase que escribas, recuperarás un trozo de tu vida” (Canetti.) Esa frase es una brújula para todo el libro. Leer y escribir —nos dice— son formas de recuperar la vida, de recomponerla, de darle sentido.
A lo largo de estas páginas, Eugenio Tironi convoca a un coro extraordinario de autores con los que siento total sintonía: Barthes, Yourcenar, Ginzburg, Le Guin, Magris, Pessoa, Horvilleur, Emmanuel Levinás. Pero no los cita para exhibir una erudición; los convoca para desplegar ante nosotros un acto de autointerpretación. Los fragmentos funcionan como espejos, como si cada cita iluminara una emoción o una experiencia difícil de nombrar. Más allá podemos darnos cuenta que hay un ejercicio premeditado para aquilatar el murmullo interno; un claro desasosiego. En este sentido se comenta: “Escribir responde a una necesidad intermitente… de detenerme cuando algo no encaja… No reparo en la coherencia ni busco la unidad… hablo yo, pero también hablan muchos otros”.
Este libro es, ante todo, un diálogo íntimo que descansa en el titubeo, en la conjetura, en la proyección, en la alteridad; en un momento en el que nadie dialoga o todo es categórico. En ese sentido, es un libro refugio, un texto hecho de matices y pliegues. Decía, este libro es un diálogo íntimo entre el autor, sus lecturas, y nosotros. Y, leyéndolo, entendí algo que me conmovió: aunque no veo a Eugenio hace años, claro que lo leo y lo sigo en redes, constato que nunca hemos dejado de conversar. Sus lecturas —esas mismas que él comparte aquí— han sido un puente silencioso entre ambos.
Por ejemplo, comparto, a modo de intercambio “mis anotaciones al margen” de dos libros recientes comentados por Eugenio:
Primero, del ensayo Vivir con nuestros muertos, de la filósofa francesa Delphine Vollieur al referirse al duelo (tras los atentados al centro nocturno Bataclan y los funerales a distancia durante la pandemia): “Por esta razón son determinantes las conversaciones que se mantienen con los allegados en ese tiempo fuera del tiempo. Como rabina, sé que dispongo de un lapso muy breve para intentar discernir dicha luz a través de las palabras, los gestos, los relatos y los silencios de quienes constituyen el círculo más estrecho del difunto. He de captar lo que la luz debe revelar, a quién alumbra, qué sombra contiene y de qué manera vibra”.
Sombra y vibración.
O bien de la novela Aquí no, ahora no, del escritor italiano Erri de Luca, la cita: “Entonces no lo sabía y la adolescencia era una de las estaciones de la paciencia a la espera de consistir en plenitudes futuras. O Hablar es recorrer un hilo. Escribir, en cambio, es poseerlo, devanarlo”. El defecto concita tanto la atención que por sí solo da la definición de la persona toda.
Los capítulos se organizan en torno a tres verbos: convivir, dominar, envejecer. Cada sección se abre como un universo.
En “Convivir” se explora el espacio derrumbado entre el yo y el otro. El autor muestra que convivir no es simplemente compartir palabras, grandes ideas, utopías, reglas, sistemas políticos, sino que implica gestionar la fricción inevitable entre mundos interiores. La particularidad es que la convivencia no es tratada como fenómeno social, sino como tragedia microscópica: dos conciencias intentan coexistir aun cuando cada una lleva una tormenta interior que no sabe apagar. Cito: “Lo que uno sofoca, el otro lo desata”.
Sin duda, hay una enorme disonancia entre la vida interior y la social. Eugenio explora el espacio frágil entre el yo y el otro. Incluso nos deja una tesis o enseñanza nada menor: convivir es reconocer que el otro tiene un tiempo, un fondo de energía psicológica y una precariedad de la que no podemos disponer a voluntad. La carga invisible de escuchar, atender y sostener el hilo frágil del propio mundo interior mientras otro exige presencia.
Rescato y subrayo que la escucha se convierte en táctica, no en hospitalidad. “La escucha no es una técnica, es un deseo”, dice Roland Barthes, y sumo al margen la idea de la atención de Simone Weil: “La atención consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable al objeto”, escribe.
En la sección “Dominar” se despliega una mirada lúcida sobre el poder, sobre la fragilidad del yo ante la vitalidad del otro, y sobre la manera en que la vida social distribuye fuerzas y demandas. El poder, por su parte, no es una estructura sino un clima afectivo: se ejerce antes de hablar, mucho antes de decidir. El poder aristocrático como magia silenciosa que se respira, más que se ejerce. El plebeyo como figura del esfuerzo constante, siempre leyendo gestos para no desaparecer del mapa del poder.
Por último, “Envejecer”, quizá es la sección más íntima del libro: la vejez como un trabajo interior, no como un estado. Se despliega un pequeño tratado sobre el tiempo, la nostalgia y, de manera casi pudorosa, la muerte. Incluso su tono es crepuscular. Queda resonando la enseñanza de Le Guin: no es ir de un lado a otro lo que te mantiene vivo, sino tener tu propio tiempo. Trabajar con el tiempo, no contra él.
Convivir, dominar, envejecer con autocompasión, ironía, lucidez, humor, resignación.
Cierro sus páginas sintiendo que es un libro profundamente barthiano, cercano a la última etapa del autor de Cámara lúcida o Fragmentos de un discurso amoroso, en el sentido de que el autor, Eugenio, se sumerge en un mar de apuntes, notas y fragmentos cuyo denominador común es un yo reflexivo que a veces se desdobla. Paralelamente, la escritura se vuelve entrecortada, fragmentaria, se debate entre la dimensión del recuerdo y de la confrontación, con la intención plenamente intelectual de interpretar la realidad.
Y al mismo tiempo me identifico en un gesto que deriva de la lectura: el de subrayar libros o escribir en sus márgenes. Por supuesto, aparece la frase de Steiner donde dice: “Se debe leer con lápiz en mano, porque uno podría escribir otro libro, o mejorar el que está leyendo”. Este libro encarna ese espíritu. Invita a subrayarlo, a dialogar con él, a continuar sus ideas en nuestros propios márgenes. La lectura y la escritura como un ejercicio ventrílocuo.
Anotaciones al margen es un libro que comienza en Eugenio, pero que termina en cada lector. Nos recuerda que leer y escribir no son actividades solitarias: son actos de compañía profunda. Nos devuelve a ese espacio donde las palabras ajenas se mezclan con las propias y, al hacerlo, recuperamos —como prometía Canetti— “un trozo de nuestra vida”.
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