La mutable ley del padre

A la vez ensayo e historia familiar, La verdad también se mueve, de Andrea Kottow, asedia una pregunta central: ¿de qué está hecho el vínculo entre un padre y una hija? Así lo indica la autora de este texto, leído durante la presentación del libro.

 

Es un ensayo, movedizo, pero ensayo. Sin embargo, mientras leía La verdad también se mueve (Hueders, 2026), de Andrea Kottow, no pude evitar sentir que tenía ante mi una gran historia sobre una familia, hecha con poquísimos elementos como anticipa su contraportada, tremendamente reflexiva, profusamente nutrida de referencias interesantes y desvios, una gran historia que me interpeló de todas las formas posibles. De hecho, debo confesar que terminé de leerla con el pulso acelerado porque tuvo en mí un efecto decididamente estimulante: intensificó mi percepción respecto de casi todo lo que enuncia, porque es un libro deliciosamente cercano y al mismo tiempo capaz de exponer con toda nitidez temas muy difíciles de entender y hasta de pensar, borrando los límites entre la ficción, la crítica literaria y la filosofía. 

En tanto ensayo, el texto asedia una pregunta central: ¿De qué está hecho el vínculo entre un padre y una hija? ¿A qué transformaciones está expuesto dicho vínculo a lo largo de la vida?, ¿Qué lugar ocupamos en la historia de nuestro padre? ¿Qué lugar ocupa él en nuestra propia historia? 

Estas y otras preguntas se van construyendo de a poco, a lo largo de tres secciones para ensayar distintas entradas a un problema que es muchos a la vez, en la medida en que el vínculo padre-hija se funda en un juego de posiciones dinámicas. Solo en el desplazamiento de las posiciones iniciales se pueden esquivar los puntos ciegos que son constitutivos de una relación mediada por un tiempo necesariamente diferido por la brecha de edad y regida por una serie de prohibiciones que se viven como una ley: la ley del padre. 

A diferencia de otras leyes, o de cómo vivieron la ley del padre autores como Kafka (vastamente referido en este ensayo), se trata de una ley mutable y de un padre que contra todo pronóstico sí puede derrumbarse al intentar arreglar una cortina, como el Iván Ilich de Tolstoi, o al automedicarse con calmantes para no reconocer la llegada de una enfermedad autoinmune. De hecho la ley de este padre, el de Andrea, se ha movido bastante: desde el desván en una casa de Sttutgard en el autoexilio familiar en 1976 al ático de otra casa en Santiago al llegar a Chile en 1988. Nos dice Andrea: “Nunca me acostumbré a la sensación de que la ley ahora se encontraba arriba y que era necesario subir escalones en lugar de bajarlos”. 

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