El pajarero, su tiempo y “nuestra Bauhaus”

Texto leído por Milena Vodanovic en la presentación de El Pajarero. Perfil biográfico de Héctor Herrera.

 

He sido una entusiasta de la apasionada y dedicada labor de rescate de la obra y la persona de Héctor Herrera en la que Sandra Gaete se ha embarcado obsesivamente, y con gran capacidad de concreción, para alegría y beneficio del arte, de los oficios, de la memoria y de todos quienes valoramos el trabajo de Herrera y sentimos nostalgia de esa etapa tan singular en la estética de nuestro país, de la cual él fue un importante protagonista.

Así es que estoy encantada de estar invitada a presentar este libro, que he leído con gusto y que, también, he mirado mucho. Porque, aparte de interesantísima, esta es una edición muy bella y cuidada. No en vano Sandra es originalmente diseñadora, aunque gracias a El pajarero ya ha expandido su radio de acción e influencia mucho más allá de su profesión inicial.

Mi primera aproximación a esta hermosa y épica labor de recuperación patrimonial fue en pandemia. Sandra se había matriculado en el Diplomado de Narración de No ficción de la Universidad Alberto Hurtado, donde ejerzo la docencia. Una de las particularidades de este programa de estudios es que, paralelamente a recibir clases concretas, los estudiantes trabajan durante todo el año en un proyecto personal, guiados por un tutor, en el que aplican los conocimientos que van adquiriendo. Para ello, un primer paso es presentar este proyecto de escritura ante una comisión de profesores.

Así es que una noche de cuarentena ahí estaba yo frente al zoom del computador, asistiendo a la comisión y encontrándome con esta alumna que hablaba de Héctor Herrera y su intención de construir una página web divulgativa en torno a su obra.

Creo que fui la más entusiasta del grupo de evaluadores. No me importó en absoluto, incluso aplaudí, el hecho de que el proyecto de Sandra fuese un producto digital de comunicación visual y contenidos, en vez de un libro, como hubiesen preferido los profesores más tradicionales. Pero, particularmente, lo que me fascinó fue lo que esta mujer venía a decirnos: Que esos pájaros preciosos que cuando yo era niña veía en las cajas de fósforos, que esas imágenes de gallos con girasoles o de peces muy bien delineados en negro y llenos de color, tenían un autor, Héctor Herrera; que ese hombre tenía una historia, que esa historia había sido olvidada y que su cometido era recuperarla y contárnosla.

Yo no sabía el nombre de El pajarero. Pero su obra la reconocí de inmediato y me emocionó. Porque su obra es mi infancia.

Crecí rodeada de esas imágenes y para mí han constituido siempre el sello de un tiempo único en la historia de Chile, una época de esperanza y crecimiento acompañada de la valoración por lo propio, de un arte con raíces al alcance de todos. Un tiempo de promesas y de afirmación de identidad.

Hablo de un tiempo difuso que va desde mediados de los años 50 hasta el golpe militar. Corresponde a la época de mayor visibilidad de Héctor Herrera y su obra.

¿Qué es lo que pasaba entonces? Chile se sacudía de un pasado oligárquico. Las clases medias avanzaban poniendo en cuestión los órdenes de abolengo y de propiedad de la tierra; los campesinos emigraban a las ciudades; los obreros iban dejando atrás los peores años de malos salarios y explotación, pues había narrativas que acompañaban sus demandas de justicia social. Eran los tiempos del humanismo cristiano con la Falange que llevó a hacer brillar el sol de las juventudes en el año 64, y de la convergencia de los movimientos sociales marxistas y no marxistas que darían lugar, en 1970, al experimento tan peculiar de una vía chilena, democrática, al socialismo.

Ello ocurría en un país todavía un poco insular, conectado al mundo pero aún no invadido por él, que se transformaba económicamente, tecnológicamente y culturalmente a través de nuevas propuestas enarboladas por profesionales y artistas que eran, en muchos casos, “los primeros” en ocupar los lugares a los que habían llegado: las segundas generaciones de emigrantes europeos que se convertían  en profesionales; los primeros hijos de campesinos que buscaban lugar en el mundo de los oficios en la ciudad y se alfabetizaban; las primeras mujeres que ingresaban masivamente a las universidades.

Un viejo orden clasista, afrancesado y pueblerino daba lugar a espacios más inclusivos, con nuevos puntos de vista, innovadoras referencias literarias y filosóficas y una voluntad refundadora. Quienes por entonces tenían 20, 30, 40 años andaban fundándolo todo.

Fue entonces cuando nacieron los teatros universitarios, que dejaron atrás el vodevil para dar paso a dramas de crítica social; fue el reinado del modernismo en la arquitectura, con la genialidad de Jorge Elton creando esa belleza Le Corbuseriana que es el hotel Antumalal, construido con elementos naturales de la región, y también sus casas prefabricadas, que auguraban un tiempo de mejor condición habitacional para quienes no eran ni pobres ni millonarios pero anhelaban un sitio amable donde vivir. Elton las transportaba por sí mismo, por todo el país, en su propio auto. Son los tiempos de las “villas”: la Portales, la Olímpica y la de la Católica.  

Por ese entonces trajo Nemesio el grabado al taller 99, otra refundación, y pintores como Escámez y Venturelli se atrevieron con murales en medio de la ciudad. Éramos partiendo, pero tampoco éramos nadie: en 1945 Gabriela Mistral había ganado el Nobel y 25 años después lo recibiría Neruda.

Sé que estoy comprimiendo arbitrariamente el tiempo. Pongo en un mismo saco dos décadas y media, o algo así. Pero es que ahí fue calentándose el crisol, ahí todo se mezcló y virtuosamente se contagió.

La sensación era que el país progresaba, todos iban ganando espacio en él, como si el territorio se expandiera para hacer sitio a hijos olvidados que venían desde el mar, el desierto, la cordillera o la pampa austral a conformar una unidad.  El clima era cordial, porque ese avanzar se sentía natural, como respirar.

Y ahí, en ese breve espacio-tiempo que ahora podemos configurar como un paréntesis mítico en nuestra identidad cultural, estaban en las casas de los chilenos de clase media los papeles murales de la Cuca Burchard, las telas de Alejandro Stuven, los grabados de Nemesio, los discos de Violeta y el Canto Nuevo, las carátulas de esos LP diseñadas por Larrea, la revista Paula lanzada sobre una mesa con un artículo sobre la recién aparecida píldora anticonceptiva; la crema Hinds, la Lechuga, la Nivea y la Ponds (no había entonces otras marcas, parece increíble); los cigarrillos Hilton hechos en Chile, el whisky Gordon y el Gin Booth, de dudoso sabor, también hechos en Chile; el vino que era blanco o tinto -nada de cepas, años ni barricas- que se vendía todavía por chuicas, damajuanas o garrafas en la botillería de la esquina, para que durase la semana.

Ahí estaban, para los que tenían un poco más de dinero, los diseños de ropa de Marco Correa o Nelly Alarcón, que dejaron atrás cualquier imitación de la alta costura europea para mirar nuestras lanas, nuestros telares, nuestras iconografías. Allí la exquisita orfebrería de Amalia Chaigneau. El sofá Matta.

Y llenaban el paisaje ciudadano las micros, con su chorro de gas negro, que los transeúntes hacíamos parar en cualquier sitio, porque no había paraderos; las carretelas que aún circulaban llevando verduras; los mítines políticos de todos los colores; la cordillera siempre, siempre nevada, un mar pacífico no contaminado y las telas, las tarjetas, los dibujos inconfundibles, una marca reconocible, de Héctor Herrera, El pajarero.

Desde el arte y los oficios ese tiempo fue fructífero y provocó un intercambio de saberes como pocas veces visto en nuestra historia. El libro da cuenta de esos espacios y de la presencia allí de Herrera. Se trataba de un arte que habitaba los hogares, cruzaba los estratos sociales; había en él algo tributario del pop art, pues era masivo. Y, sobre todo, transversal. Era artesanía, pero era Arte. Era Arte, pero era accesible.

En el rescate de lo propio, el diseño local en talleres pequeños, los oficios ancestrales al servicio de estéticas y modos de producción modernos y en la forma en que todas esas imágenes y diseños impregnaron la vida cotidiana, ese tiempo es quizás lo más parecido que tuvimos a una Bauhaus. Nuestra Bauhaus.  

Un tiempo capaz de darle un lugar de importancia al arte popular, ese que según escribe Tomás Lago, debido a su “empirismo hereditario, amplía los límites de la vida sensible”.
Y como la gran Bauhaus, la nuestra también terminó abruptamente. Con el Golpe de Estado de 1973.

Ese continuo se rompió con la dictadura y nada fue nunca igual. En 1978 Chile terminó con la política de sustitución de importaciones y se abrió desenfrenadamente al comercio internacional. Fuimos invadidos. Llegaron las televisiones de todos los tamaños, los equipos de música, las tarjetas de Navidad importadas, cientos de marcas cremas de belleza, wiskis de fama mundial y los oficios locales, así como las ya agonizantes industrias loceras y textiles, por nombrar algunas, murieron.

El acto de rescate que está realizando Sandra tiene un valor enorme porque establece un puente entre el hoy y aquella era suspendida en el pasado. Es un redescubrimiento de El pajarero, pero con él vienen de la mano los suyos: Nemesio, Alfonso Alcalde, Lorenzo Berg, el pueblo de Tomé y su espacio imaginado. Un fantasma trae a otro y de a poco van sentándose todos con nosotros a la mesa.

El esfuerzo de Sandra me merece admiración y respeto. Lanza la cuerda a ese pedazo de la historia que quedó rasgado tras el brutal corte, lo pone en valor y nos hace soñar nuevamente con la posibilidad de una cultura nacional auténtica, integrada, que cruce artes y oficios, tradición y modernidad, arte conceptual y arte material, regiones y centro, imaginarios naturales ancestrales y posibilidades tecnológicas modernas.

Ya van dos libros —antes fue la edición de Historias de Altomé, un volumen cuyo autor es el mismo Héctor Herrera— una página web, algunas exposiciones, y la gran tarea de conservación y clasificación del archivo.

Dice Sandra que el siguiente paso es una gran retrospectiva. Le creo y la espero.
Porque ha llegado muy lejos y El pajarero la impulsa. Es impresionante como este puente es también espiritual, entre ella y este artista al que nunca conoció y que, sin embargo, la empuja a navegar en su obra y a crecer como persona.

Por El pajarero, para contarnos de su historia, para darle el lugar que merece en nuestro mundo cultural, Sandra ha estudiado un magíster en Narración de no ficción, un magíster en Historia del Arte, un diplomado en Curaduría, se ha especializado en archivística y ha debido desarrollar su capacidad de ralentizar pues sin ella, dice en estas páginas, no es posible entender a Héctor Herrera.

Vaya padrino que encontró, con alas y colores.
Qué hermoso trayecto, qué maravillosa reciprocidad. Ella le ha dado y él a ella. ¿Qué es eso sino una relación fuerte y profunda?
Salud, Pajarero, qué te ibas a imaginar todo lo que iba a seguir pasando contigo.
Salud Sandra, que todo siga fluyendo con el viento de Tomé dándote vuelo a tus espaldas.

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